Humo, Whiskey y Sudor

Para que veáis un poco más del libro publicamos (e ilustramos) en las siguientes entradas los dos prólogos del libro, escritos por José Luís Martín y Héctor Martínez, un lujo contar con sus palabras y su apoyo. Os dejamos con este “Humo, Whiskey y Sudor” de José Luís Martín.


Tener el lujo de poder acceder a la primera novela de un autor novel es una aventura fascinante y misteriosa, abierta a cualquier tipo de especulaciones y, por qué no decirlo, arriesgada y algo suicida.

No cabe duda de que resulta todo un privilegio que alguien se desnude literariamente, se despoje de todas las ataduras y miedos de lo que significa una ópera prima y la entregue con la suficiente confianza e ingenuidad a un extraño, que debe recorrer los sinsabores y angustias que a buen seguro están plasmadas entre líneas y transformarse en jurado y verdugo de lo expuesto.

En mi caso, David no es un extraño propiamente dicho, pues ha diseccionado y evaluado mis textos, aquellos que he volcado juntando páginas, una detrás de otra y que algún editor se dignó a publicar en formato libro, por lo tanto siempre he estado al otro lado del tablero, en el banquillo de los que se examinan y son juzgados.

David me regaló hace tiempo una definición que me fascina y que debo devolvérsela con honores, arqueólogo del rock, asumiendo que es una de las pasiones más profundas de mi, poca o mucha, cultura musical, quizás por eso me han hipnotizado esta primera, y espero que no última, novela de David Aresté, y su trasfondo de explorador, de investigador empedernido, de arqueólogo de la música en general.

vinilos de rock, para ilustrar "Humo, whiskey y sudor"

La propuesta es arriesgada desde su concepto inicial, para qué vamos a engañarnos, pues intentar trasladar al lector a mediados del siglo pasado es un ejercicio de malabarismo complicado de ejecutar sin riesgo de lesionarse.

Intentar someternos a una época en la cual el blues descubrió que tenía un hijo bastardo dando vueltas por el mundo y que lo llamaban rock ‘n’ roll, es una demostración palpable de amor por la música, al mismo tiempo que deja en evidencia una candidez que roza el romanticismo, pero he ahí otro de los puntos fuertes del relato, que lo consigue y desde la primera página te quedarás enganchado a los pecaminosos, complicados e irreverentes años cincuenta.

Decía antes que resultaba un tanto suicida, y es cierto, pues en un mundo donde los valores culturales de la música están en plena decadencia y descomposición y en el cual los melómanos hemos pasado a ser una rara avis, una panda de excéntricos desarrapados, que afortunadamente están en vías de extinción, el autor nos sumerge en una utopía crepuscular de antaño, cuando la música era parte indispensable de la vida de, al menos, los protagonistas, pero la industria musical descubría con verdadero pasmo capitalista que además era un negocio más que rentable, aquellos tiempos que comenzaron a estirar de la teta de la vaca, con tanta fuerza, hambruna y canibalismo, que terminaron por secarla irremediablemente.

Quizás la novela necesite un anexo a modo de aclaración para el lector más imberbe o mancebo, al que le resulte complicado entender que hubo un determinado tiempo en el que existían tiendas de discos y que abundaban como los caracoles tras la lluvia, que se compraban singles y en la radio sonaban las preferencias de los selectores, los programadores o disc-jockeys, porque todavía no se habían inventado los malditos logaritmos que hoy rigen todo lo que nos debe interesar, desde lo que escuchamos, lo que bebemos, comemos o con quién nos relacionamos.

radio en 1950, para ilustrar "Humo, whiskey y sudor"

Equipo de un disc-jockey en 1950

Se debería explicar que la música en directo era la principal actividad de sociabilización del ser humano y que, lejos de ser algo molesto para los vecinos, era un poso excelente sobre el que apoyar tus inquietudes culturales. Sin esos datos básicos, pero complicados de entender hoy en día, resulta imposible introducirse en el universo que David nos ha dibujado en La Gira de Oro.

Dicho todo esto, y sin ánimo de imponer ningún criterio específico, les sugiero que se abandonen a la lectura de lo que considero una road movie urbana en toda regla; que se identifiquen, o no, con el protagonista no resulta tan importante como compenetrarse con el entorno, con la música, con la comida, el humo, el whisky y el sudor que se desparraman por toda la narración. Yo, por mi parte, quedo a la espera de saber que las aventuras de Köpler tienen continuidad; no se puede dar a probar una cucharada de jambalaya y luego decir que se ha acabado el arroz. No se puede hacer.

José Luis Martín
Junio de 2021