Segundo prólogo de La Gira de Oro, “Memphis,TN”

Como decíamos en la anterior entrada, publicamos el segundo prólogo de “La Gira de Oro”, este “Memphis,TN” de Héctor Martínez para saber que nos encontraremos en las páginas de la novela.


Memphis es una ciudad hostil, árida, inhóspita. Desagradable tanto para pasear como para moverse en coche por ella. Es fea.

Como todas las poblaciones sureñas, el centro histórico apenas es una calle donde se distribuyen aleatoriamente edificios públicos y tiendas, y su paisaje urbano, salvo algún antiguo almacén, hoy en desuso, es anodino.

Según uno se va alejando del downtown, va encontrando una sucesión de edificios abandonados, solares ganados por la maleza, desguaces caseros de coches y viviendas desvencijadas que transmiten una sensación de negligencia y desidia.

Además, como genuina población ribereña del Misisipi, en Memphis, el calor estival es insoportable, con el sol castigando sin piedad desde las alturas y una humedad que sube del río como un enemigo invisible que impregna todo de olor a fango, a genuina muddy water.

Sin embargo, la belleza de esta ciudad, como la de las personas, no está en su aspecto, tampoco en su interior. Está en su historia, en su cultura, en su gastronomía, en su música.

El origen de Memphis data de los años en los que la orilla occidental del río Misisipi formaba parte de la provincia española de la Luisiana, cedida por los franceses en 1763, por los pactos secretos de familia de los Borbones que regían en los dos países. En 1795, por orden del teniente gobernador Manuel Gayoso de Lemos, y dentro del marco de actuaciones derivadas de las tensiones territoriales provocadas tras la finalización de la guerra de Independencia americana, se mandó construir el fuerte San Fernando de las Barrancas, primer asentamiento europeo en lo que hoy es Memphis y que sería el origen de la ciudad, gracias al establecimiento en sus alrededores de campamentos de cazadores, tramperos, comerciantes e indios.

Nueva Orleans

La ciudad fue creciendo perezosamente como un importante puerto fluvial, donde se cargaban fardos de algodón en los vapores de paletas que surcaban el río desde San Luis en dirección a la Gran Babilonia, Nueva Orleans.

Esta industria floreciente estaba construida sobre la sangre de todo un pueblo secuestrado de su tierra. Los campos alrededor de Memphis vieron rasgarse la piel de los esclavos bajo el látigo, y cuando el Sur perdió la guerra, a la ciudad, cada poco tiempo, llegaban estampas postales de negros linchados por estar en el sitio equivocado cuando a algún blanco le parecía que no era el momento apropiado.

Pero también estos campos cercanos vieron nacer el blues. Y desde la Dockery’s Farm o desde Rolling Fork, Helena o Clarksdale, venían aparceros en sus días libres con guitarras prestadas a grabar sus canciones a cambio de una botella de whiskey o a tocar en los garitos que iban floreciendo en la ciudad al calor de la noche y del moonshine clandestino.

Memphis era punto intermedio de parada obligatoria en el camino a Chicago. Y muchos de los que aquí llegaron en un Greyhound se quedaron enredados en la maraña de música, burdeles y promesas de caricias y dinero infinito.

Esta música estaba cambiando el rostro de la ciudad. La gente venía de lejos a conocer los locales donde un guitarrista y un armonicista se hacían oír entre los gritos de la gente que bailaba, discutía o se amaba hasta el amanecer. Tugurios escondidos a las afueras, donde te tenía que guiar un muchacho a cambio de unas monedas o elegantes salas en la ciudad, adornadas con cortinas y grandes espejos.

Beale Street

El sábado, al caer el sol, Beale Street encendía sus neones y la provinciana Memphis parecía querer competir con el Harlem. Los restaurantes abrían toda la noche para satisfacer el apetito de truhanes, jugadores de dados o madames. Y el olor a sudor, a colonia barata y a alcohol potencialmente venenoso se mezclaba con el aroma del pollo frito, del catfish o de las costillas asadas. Los parroquianos cogían fuerzas y marchaban al siguiente juke joint, apoyándose unos en otros para no besar el suelo.

Los empresarios de la zona se dieron cuenta del interés que esta música generaba y vieron una oportunidad en las emisoras de radio locales, y buscaron músicos populares que pudieran anunciar en antena sus productos: galletas, harinas, laxantes…, lo que fuese. Y lo que hasta entonces era race music, es decir, música para negros, empezó a ser escuchada por la gente blanca de la ciudad, que gastaba su dinero comprando discos en las tiendas de muebles.

Y entre estos redneck surgieron imitadores del estilo negro. Era lógico, pues vivían en la misma ciudad, eran igual de pobres y todos buscaban lo mismo: escapar de la miseria yendo hacia el norte, pero, mientras, juntaban el dinero para irse, disfrutar bailando y escuchando buena música. De esta hibridación comenzaría a dar sus primeros pasos en Memphis el rock ‘n roll. No miente el cartel que recibe a los viajeros en el aeropuerto: “Memphis. Home of the Blues. Birthplace of Rock ‘n Roll”. Unos títulos que tienen más valor que los de un rey o los de toda la nobleza europea.

La Gira de Oro tiene todo esto. La Gira de Oro es Memphis. En el libro está la ciudad caníbal, cruel con sus habitantes, pero gloriosa en la intimidad de la noche. Tiene los garitos, la comida, las emisoras de radio, las tiendas de discos. Tiene la música, el blues, el rock.

 Leer este libro me ha llevado de vuelta a Memphis, pero no a la ciudad que yo he conocido en persona. Me ha transportado a la Memphis de mis sueños, donde BB King hablaba en la radio, donde Howlin’ Wolf aullaba en la medianoche, donde Sam Phillips inventaba una nueva música, donde nació el sonido Stax, donde Elvis desayunaba sándwiches de mantequilla de cacahuete y plátano, donde los domingos el góspel llenaba las iglesias.

Una ciudad hostil, racista, que mató a Martin Luther King Jr., pero también una ciudad que consiguió unir a la gente alrededor de la música y de la soulfood. Memphis, como Roma, será eterna y La Gira de Oro te contará sus secretos…

Héctor Martínez
Junio 2021